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Transcripción de las palabras de Marta Lamas Encabo, en la presentación del Libro «Pintar los muros. Deshacer la cárcel», realizada en la sede de esta Comisión

Transcripción 024/2014
8 de mayo de 2014

Marta Lamas Encabo: Buenos días, mucho gusto, muchas gracias por la invitación, Perla. Qué gusto estar con Luis Alberto y Marisa.

El libro de Marisa Belausteguigoitia, este de Deshacer la Cárcel, es una rareza excepcional dentro de la producción de libros del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM.

El libro me provocó una mezcla de sentimientos: asombro, admiración, vergüenza e indignación. Me asombró el resultado de una iniciativa académica. Me admiró la belleza y creatividad con la cual se llevó a cabo. Me avergonzó mi indiferencia por lo que ocurre en las cárceles. Y me indignó la injusticia que han vivido y viven muchas de las reclusas.

Por eso digo que este libro es una rareza, porque es una excepcional toma de posición en tanto compromiso político e intervención académica. La fuerza de este libro, de esta rareza, radica en que no solamente muestra y denuncia, sino que nos interpela. Es un dispositivo de micro política que produce una prueba contundente del poder del diálogo entre el arte y el compromiso, entre la academia, la política y la función pública.

Las imágenes y los textos del libro, que retratan la desventura de las mujeres presas en su lucha por salir adelante, también cuentan la alegría por recibir un gesto de solidaridad, y por darse a ellas mismas un poco de felicidad. Y estos textos e imágenes transmiten una sensación esperanzadora. Y aunque la desgracia y el abandono social suelen hacernos voltear para otro lado,Deshacer la Cárcel nos atrapa por su belleza y nos obliga a pensar en la vida de estas mujeres.

Deshacer la Cárcel muestra con sobriedad el daño estructural de nuestra sociedad y también exhibe indicios alentadores. Al contemplar los murales, que nos acaban de dar así como una probadita, es posible atisbar no sólo los dolores existenciales de estas mujeres, sino también el hecho de que la desdicha no afecta el sentido de dignidad de las reclusas. Es deslumbrante ver cómo aún en las peores condiciones existe la necesidad de rodearse de algo bello y también hay espacio para el cuidado y la ternura.

La rareza de este libro tiene que ver con la rareza de quien lo concibió, lo asumió y desarrolló el proyecto. Durante su periodo como Directora del Programa Universitario de Estudio de Género (PUEG), mi jefa, Marisa Belausteguigoitia, también fue una rareza. Imagínense una Directora que se va horas a la cárcel a hablar con las internas y a pintar los muros. Había bastantes personas escandalizadas que movían la cabeza así como diciendo: “Está loca”.

Recuerdo que cuando nos empezó a hablar del proyecto yo también pensé: “Mi amiga está chiflada”. Pero no, no fue chifladura, sino una congruencia con su itinerario académico marcado por su interés por las fronteras, por los intersticios y con su pasión vital por la justicia. Qué hacer con las mujeres más invisible y abandonadas de esta ciudad, con una brutal restricción en sus vidas.

Marisa se propuso recomponer un tanto, remendar un poquito, el tejido desgarrado de sus vidas. En nuestro país el problema más grave que nos afecta cada vez más es el del desgarramiento del lazo social. Cuando este lazo social, que es el vínculo entre individuo y sociedad, se rompe por pobreza, por marginalidad, por desempleo, por migraciones, por violencia delincuencial, por narco, por quiebres institucionales, por corrupción rampante y por impunidad, cuando este lazo se rompe se fractura la cohesión social.

Obvio que el lazo social se fragmenta y debilita por las consecuencias de la explotación económica y de la dominación política, por el deterioro de las condiciones de vida y de trabajo, por los procesos de exclusión y discriminación, y sobre todo la pérdida de los vínculos de solidaridad y reciprocidad.

Todas estas cuestiones cobran cuerpo, encargan, en una inmensa de las mujeres recluidas. Consciente de que la indiferencia juega un papel clave en el mantenimiento del statu quo, Marisa Belausteguigoitia decidió conmover, movilizar y mostrar que también había vida y belleza dentro de la cárcel, que existía la solidaridad y que algo se podía hacer. Y para hacerlo su manera congruente fue la perspectiva de género. Sí, con una verdadera perspectiva de género la rara de Marisa Belausteguigoitia desarrolló, junto con su equipo del PUEG, esta rareza del proyecto en Santa Martha Acatitla que se expresa en la rareza de este libro.

Pero a medida que ella avanzaba deshaciendo la cárcel mediante actos narrativos y testimoniales, en Marisa crecía la necesidad de abordar los procesos jurídicos. Lo que los muros relataban, los abusos, la negligencia, la arbitrariedad, no podía quedar impune. No había indiferencia posible. Marisa puso a trabajar su experiencia universitaria y se decidió a esclarecer qué casos representaban pautas sesgadas por esta mirada de género por quienes imparten justicia.

Así, encontró que muchos agravios, vejaciones, abusos y formas de la tortura tienen una determinada particularidad según se apliquen a hombres y a mujeres. Sí, se juzga y se castiga, se abusa y se tortura, de forma diferente en función del sexo y a las reclusas se les hacen cosas que no se les hacen a los reclusos. Para entonces la cárcel, un lugar límite, ya había atrapado el corazón y la mente de Marisa.

Una pregunta acuciante que la perseguiría durante días y noches fue: “Si era posible hacer algo más”. Y entonces Marisa concibió la ampliación de su proyecto con la creación de la Clínica de Justicia y Género “Marisela Escobedo”. El nombre no es casual. Recordarán que Marisela Escobedo inició su activismo social en Ciudad Juárez. Chihuahua, en 2008, cuando ocurrió el asesinato de su hija Rubí, de 16 años. Marisela señaló entonces a la pareja de su hija como el presunto asesino y como la justicia no lo encontraba ella solita con sus recursos logró localizarlo en Zacatecas, donde fue detenido y trasladado a Ciudad Juárez.

Allí confesó la autoría del crimen y señaló el lugar de sepultura de los restos de Rubí. Sin embargo fue declarado inocente por falta de pruebas y se le concedió la libertad. Ante ello, Marisela Escobedo inició una serie de protestas contra esa resolución, las protestas contra las autoridades del estado de Chihuahua, pidiendo que el asesino fuera detenido y llevado nuevamente a juicio. Apelada la resolución, un Tribunal de Circuito revocó la sentencia absolutoria y lo sentenció por asesinato. Sin embargo, no logró capturarlo y permaneció prófugo de la justicia. Marisela empezó a protestar. Le tocó protestar frente gobernador Baeza y luego al gobernador Duarte, y en vista de que no se le hacía caso a su protesta se instaló para manifestarse frente al Palacio de Gobierno. Ahí parada fue asesinada en el 2010 por un desconocido con un balazo en la cabeza.

Que la Clínica lleve el nombre de Marisela Escobedo es lo que Pierre Nora, un historiador francés, llamó: “Un deber de memoria”. Nora dice que después de una conmoción o una tragedia, aparece la memoria comunitaria y se instala el esfuerzo para que no se olvide lo ocurrido. Le agradezco a Marisa recordar a Marisela y a su lucha por la justicia.

En resumen: lo que el proyecto de Deshacer la Cárcel condujo a Marisa fue a preguntarse: “¿Si es posible la justicia en México?”. Si bien la tenacidad que tuvo y su visión estratégica han dado unos frutos notables no hay que olvidar su sentimiento constante de indignación que ha sido el motor de su trabajo.

Hace años un filósofo italiano llamado Paolo Flores D’arcais escribió que ser der izquierda es un sentido primero y profundo de un compendio de actitudes emotivas. Es la indignación hacia lo existente y el subsiguiente rechazo a considerar la injusticia social como una fatalidad inextirpable.

Desde esa indignación y desde esa búsqueda de justicia social es que Marisa Belausteguigoitia inicia su trabajo de pintura mural en Santa Martha y luego con el apoyo de la Facultad de Derecho de la UNAM y del Instituto Nacional de las Mujeres lo prolonga en la Clínica “Marisela Escobedo”.

¿Cómo instalar entre nosotras y en la vida pública una reacción comprometida que conduzca a mitigar la injusticia? ¿Cuáles deberían de ser las respuestas deseables ante la denuncia silenciosa y eficaz de este libro Deshacer la Cárcel? Yo creo que este libro es un dispositivo que cimbra. Sin embargo, aunque contemplar el dolor ajeno y la injusticia conlleva una demanda implícita de atenuarlo, suele ocurrir que los seres humanos con frecuencia no sentimos la obligación moral de hacer algo cuando consideramos que no lo hemos causado directamente ese mal.

Por eso cuando contemplamos a las reclusas que aparecen en Deshacer la Cárcel resulta complicado definir cuál sería nuestra respuesta personal y ética. Como nosotras mismas nos hemos olvidado de las presas, por eso estas imágenes se vuelven un archivo de nuestra indiferencia. ¿Qué tan pronto olvidaremos lo que vimos? Nos llevaría a preguntar cómo podemos comprometernos.

Y si bien se necesita una modificación profunda de nuestras actitudes personales, lo primero que podemos hacer es apoyar a la Clínica. Todo proyecto, como éste, requiere recursos económicos para poder operar. Y aunque la Facultad de Derecho y el INMUJERES están apoyando lo tenemos que hacer individualmente también como ciudadanos. Y la Comisión, perdón, Perla.

En México no existe una tradición de ciudadanos que den de manera constante una pequeña cantidad de dinero al mes en las causas en las que creen. Hay que aprender a dar donativos, aunque sea poquito, cien pesos al mes, y poner el dinero donde están nuestras comisiones éticas y políticas. Y así como el compromiso cívico, la voluntad de comunicación y la acción ciudadana son formas necesarias en la lucha por la justicia, no hay que olvidar, y eso también hay que agradecérselo a Marisa, que también necesitamos el arte y la poesía.

Y además de sumarme a quienes acompañan este proyecto desde el corazón en estos momentos, yo sí quiero darle a mi jefa públicamente las gracias por la forma en que ha encauzado su indignación y su compromiso a una acción pública que abarca a mujeres que han padecido tragedias e injusticias más fuertes y más injustas por el hecho de ser mujeres.

México necesita personas raras y chifladas como Marisa. Más Marisas. Necesitamos más proyectos como el de Deshacer la Cárcel y la Clínica de Justicia y Género “Marisela Escobedo”. México necesita más justicia. Gracias.